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Nuestro pueblo

Símbolos

El escudo heráldico y la bandera que representan a nuestro municipio fueron aprobados el 27 de marzo de 2002
tal y como recoge el Boletín Oficial de Castilla y León nº 88 de 10 de mayo de 2002

Escudo

«Terciado. Primero en campo de oro, encina de su color frutada, enraizada y retrazada de sable, en una banda de pradera de sinople. Segundo en campo de azur formando un aspa, báculo de San Silvestre de oro y espada de San Miguel de su color, debajo flor de Lis de púrpura. Tercero en campo de sinople, pergamino de su color a su diestra tintero de azur retrazado de sable, sobre el pergamino pluma de azur y púrpura retrazada de sable. Escudo timbrado con una corona real cerrada»

Bandera

«Rectangular, tricolor. Tres franjas horizontales del mismo ancho siendo la superior de color azul,la del medio de color verde y la inferior amarilla. En el corazón de la bandera campeará el Escudo Municipal.»

Historia

La fundación de Encina de San Silvestre se remonta a la repoblación efectuada por los reyes leoneses en la Edad Media, quedando adscrito al Alfoz de Ledesma, en el Reino de León. El principal hecho por el que es conocida la localidad es porque algunos autores apuntan que en ella nació, en 1468, el humanista Juan del Enzina, que habría tomado su pseudónimo del nombre de nuestra localidad. La dependencia medieval de Encina de San Silvestre del condado de Ledesma se prolongó hasta el siglo XIX. Con la creación de las actuales provincias en 1833, Encina de San Silvestre quedó integrada en la provincia de Salamanca, dentro de la Región Leonesa.

Cuenta la leyenda

que había una vez una mujer que enfermó de lepra. Las llagas en la piel fueron acrecentándose al mismo ritmo que sus convecinos la repudiaban. De nada le había servido la buena reputación acumulada durante su vida. De la noche a la mañana apenas se quedó con la compañía de escasos familiares, pues otros muchos evitaron visitarle para darle apoyo e intentar curarla. Una prima acudía cada día para limpiarle las heridas y llevarle comida. Como cada mañana, la joven acudía a una vaqueriza en busca de fresca leche y sabroso queso guardado a buen recaudo para no sucumbir al frío del invierno. Al regresar, se cruzó con un misterioso ermitaño apostado bajo una gran encina. Al pasar por su lado, él le pidió algo de comida con que poder llenar el estómago tras un largo viaje. La joven no dudó en ofrecerle un trozo de queso y un trago de leche mientras le relataba a aquel extraño la mala suerte de su prima. Era una forma también de desahogarse después de tanto tiempo a su servicio y cuidado de manera altruista. Entonces el hombre, apiadándose de ella, le agradeció la comida recibida y se ofreció a acompañarla hasta casa de la enferma para hacerle compañía. Al llegar sobre el lecho de la leprosa, el misterioso ermitaño la tomó del brazo, lo acarició con la palma de la mano y lo besó. Tanto la enferma como su prima quedaron boquiabiertas. Era la primera vez que alguien osaba tocar las heridas. Y sorprendida por la actitud del forastero permanecieron mientras salía de la casa y le deseaba a la postrada una pronta recuperación. Comentando lo acontecido pasaron el resto del día las mujeres. A la mañana siguiente comenzó el ritual de cada día. Sin embargo, al quitar la prima las vendas de la enferma casi estuvo a punto de caerse para atrás de la silla. ¿Cómo era posible? ¡No había rastro de la lepra! Y entonces comprendió que se trataba del brazo que el misterioso hombre besara el día antes. Retiró el resto del vendaje y comprobó que no quedaban llegas ni marcas. ¡Era un milagro! La joven salió despavorida para difundir la noticia entre los vecinos. En el pueblo consideraron que se trataba de San Silvestre, pues era el último día del año, recordando cómo en su día también sanó al emperador romano de la lepra. Por eso, en recuerdo del milagro y de la encina donde fue encontrado el hombre, se dice que a nuestro pueblo se le denomina Encina de San Silvestre.

Qué ver

Encina de San Silvestre ofrece al visitante una mezcla de historia, cultura, paisaje y tradiciones.
La historia liga al pueblo con el Papa San Silvestre y con San Francisco de Asís. La cultura llegó de la mano de Juan del Enzina, con la casi certeza de su nacimiento en nuestra población. Los paisajes son el paraíso que nos rodea. Existen dos fiestas tradicionales muy importantes, las que se celebran en honor de Nuestra Señora del Castillo, el primer fin de semana de septiembre y San Silvestre, el día 31 de diciembre.

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Juan del Enzina

Juan del Enzina es un personaje luminoso en cuanto a su polifacética actividad como músico, poeta y dramaturgo, pero su vida, llena de oscuridad y cierto misterio, deja demasiados interrogantes desde su cuna

Su verdadero nombre era Juan de Fermoselle, hijo de un zapatero, o pequeño fabricante de calzado o dueño de un gremio, según la época. Sus hermanos alcanzaron una buena posición social.

El sobrenombre ‘del Encina’ es atribuido a la consideración de que su nacimiento fuera en La Encina de San Silvestre, un pueblecito de la provincia de Salamanca, a 40 kilómetros de la capital y en dirección a Vitigudino. No existe ningún documento que certifique esta afirmación, pero la tradición oral de forma espontánea y natural se ha encargado -de generación en generación y así durante 500 años- de proclamar este lugar de nacimiento, e incluso, señalar una casa del pueblo como lugar certero de su hogar familiar. Con el año de nacimiento hay menos controversia, pues se sitúa en 1468 o 1469. Se estima a partir de su ‘Trivagia’ o ‘Vía Sacra de Jerusalén’, que compuso en 1519 ya que en alguno de sus versos indica que tenía 50 años cumplidos: “Los años cincuenta de mi edad cumplidos…”.

Estudió en la Universidad de Salamanca. Juan cursó su bachillerato en leyes en esta ciudad y fue discípulo del famoso humanista Antonio de Nebrija. Posteriormente, fue protegido por el Canciller de dicha universidad, don Gutierre de Toledo, hermano del Duque de Alba. De la Universidad salió para trabajar en 1492, recomendado por don Gutierre de Toledo, como Maestro de Capilla del segundo Duque de Alba, don Fadrique Álvarez de Toledo. Durante la Navidad de ese mismo año representa, para los duques, las que vendrían a ser consideradas el embrión del teatro profano español, sus dos primeras églogas, que no son sino dos partes o actos de una misma obra. Durante la primavera siguiente, en la Semana Santa de 1493, Juan del Encina escribe otras dos églogas con motivo de las fiestas de la Pasión y de la Resurrección. Durante la noche de Navidad del mismo año, presentó a los duques su obra ‘En reqüesta de unos amores’, siendo la primera obra suya en la que figura una mujer. Juan del Encina compuso casi todas sus obras literarias y musicales antes de los 30 años. La música era una parte integral de la acción en todas las obras. Normalmente contienen un villancico cantado y danzado por los actores. Se estaba germinando el terreno para la explosión de las humanidades en el Siglo de Oro castellano. Encina fue ordenado sacerdote en 1519 y realizó un peregrinaje a Tierra Santa para celebrar su primera misa en el Monte Sion. Ese año el Papa León X le nombra sacerdote de la Catedral de León. Fallece en el año 1529 y en 1534 sus restos fueron trasladados a Salamanca y, de acuerdo con sus deseos, fue sepultado bajo el coro de la catedral. Juan de Valdés, humanista, erasmista y escritor español, escribe en su ‘Diálogo de la lengua’: “Juan del Enzina escrivió mucho, y assí tiene de todo; lo que me contenta más es la farsa de Plácida y Vitoriano, que compuso en Roma.”.

En el escudo de Encina de San Silvestre, desde el año 2000, figuran un pergamino y una pluma que hacen alusión al trabajo de este músico, poeta y dramaturgo, considerado el germen del teatro español. De sus fuentes bebió el gran Félix Lope de Vega y Carpio.

En el año 1497 muere inesperadamente el príncipe don Juan, del que Juan del Encina había sido preceptor. Emocionado por este hecho compuso su, posiblemente, mejor obra, la Tragedia trovada y en la Nochebuena de 1498 estrena en Alba la égloga de la grandes lluvias, en la que además de referirse a las aguas torrenciales de ese año, alude a su fracaso en conseguir ser cantor en la Catedral de Salamanca (puesto que ocupó Lucas Fernández).

En cuanto a Juan del Enzina como dramaturgo asegura que “es el primer dramaturgo español con intención de hacer verdadero teatro”. El profesor también confirma que los versos: “Oy comamos y bevamos y cantemos y holguemos que mañana ayunaremos” son obra de este autor salmantino.

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Contacto

Encina de San Silvestre está situado a 40 km. de Salamanca.
En coche se llega por la carretera C- 517, dirección Vitigudino.
En autobús se llega con la compañía Arribes Bus, parando en Villaseco de los Gamitos.